Eran las siete y catorce de un viernes veintiséis de diciembre… puro números que significaban muy poco todavía… escribí y subrayé “muy poco” en la notebook mientras escuchaba de refilón el bla, bla, bla acuoso e interminable del mozo con dos clientas, algo gruesas de voz y cintura, algo vacías de boca para arriba y muchos collares del cuello para abajo. Hubo un silencio aliviador, sólo un rato, mientras él fue a buscar dos caipirinhas, para refrescar el barullo, luego continuaron balbuceando no sé qué del teñido sexy de una de ellas. Giré la cabeza y me encontré con un nido de ramitas espinosas color rojo sangre, que más bien parecía un camouflage de cabeza hueca, ideal para hacer turismo nocturno en las esquinas.
A las siete y cuarenta metí mi computadora extra liviana en su estuche imitación cuero, pagué la cuenta, me levanté, acomodé la silla contra la mesa y terminé el jugo de naranja y marucuyá que quedaba en el vaso. Los autos comenzaban a llegar, poco a poco, aunque las calles estaban todavía desiertas, algunos trabajadores intentaban terminar los últimos detalles de los locales comerciales para la temporada que estaba a punto de comenzar.
Revisé la hora nuevamente y confirmé con alivio que aún era temprano. Mi cita estaba marcada para las ocho y media. Entonces caminé despacio hacia la plaza que estaba frente al hotel donde ella se alojaba y me ubiqué en aquel banco desde donde se veía perfectamente 1888 estampado en la pared, encima de la puerta principal. Allí sería el encuentro, puntualmente, me había dicho Felicia, con su tono europeo y su mirada de cenicienta de ojos verdes. Su nombre completo era Felicia María Francisca. Al menos así escuché que la llamaba su padre, la noche del jueves, es decir el hombre que estaba parado en la puerta y parecía ser su padre.
Llegó a la hora estipulada, con un vestido de fiesta que hacía juego con sus mejillas rosadas, ardientes, tentadoras y con una mirada de pocas excusas. Esa noche había una fiesta en el hotel y tendríamos apenas una hora y media para conversar y conocernos mejor. Era la primera cita y la segunda vez que nos veíamos. La noche anterior me había despertado ella misma en ese banco con aquella frase que aún recuerdo con la sensación de haberla estado repitiendo durante muchos años: Hay ciertos deseos que, bien utilizados, brillan más que la virtud. Lo dijo en respuesta a mis exclamaciones en voz alta durante una pesadilla insoportable, producto del alcohol en la despedida de soltera de Clara Peña, ocurrida a unas pocas cuadras de allí.
Se sentó a mi lado con una timidez frágil, espontánea, instintiva que dejó de lado cuando tomé su mano entre las mías y comenzamos a conversar sobre nuestra mutua sintonía, trepados a ese juego repentino de atraernos y rozarnos, de compartir y mezclar los alientos con los aromas de la noche, de entretejer aquella oscuridad de luna llena, que era como dejarnos flotar sobre una pileta de frescura, de tibiezas apenas húmedas, de inauguración y casualidades, sin forzar nada ni pretender encajar los deseos a la fuerza en aquel reloj que apuraba los latidos de ambos. De vez en cuando ella vigilaba la entrada de la plaza, justificando su pudor ante mis atrevidas caricias. Ella se dejó llevar tan lejos como era aceptable en una primera cita y noté que aquel temblor de piernas abiertas era algo nuevo para mí y para ella, algo encantador, un privilegio de alto vuelo, pero completamente fuera de libreto, como una escena que no calzaba en el guión de la película, como un paraguas que ya no importaba si protegía o no de la lluvia, porque con aquella intensidad todo cobraba otro significado y cualquier cosa se volvía natural.
No hubo segunda cita. Sólo recuerdo el eco de aquel primer despertar, la dulzura de su voz brillando sobre mis deseos exhibidos ante su presencia, como un milagro inesperado, sospechoso, tejido a medida para mí. Se arregló su vestido de fiesta con una sonrisa de imprudente adolescencia y salió corriendo en dirección al hotel, donde la ví, por última vez, desaparecer entre una multitud de luces extrañas en el interior de la recepción. Pasaron los días y como no apareció, decidí ir a buscarla, pero nadie conocía a ninguna Felicia. Ni el recepcionista ni ninguna persona del hotel escucharon jamás hablar de ella. Fue así, en ese ir y venir desesperado, que descubrí la foto de Felicia colgada en el hall principal del hotel. La reconocí de inmediato, era ella, sin duda, bajando por la escalera que daba al patio de atrás del hotel, la noche de su boda, en 1915.
Entonces supe con certeza que habíamos aprovechado muy bien y oportunamente el tiempo, en el instante preciso en que las partículas de arena comenzaban a resbalar nuevamente en reversa, que aquella hora y media, desprendida de su trayecto normal, había sido un obsequio incomprensible y maravilloso de apenas una noche. Volví a la plaza, elegí el mismo banco donde una vez desperté o me dormí durante muchos años, y miré, por primera o última vez, las estrellas con los ojos húmedos, mientras Felicia me susurraba con ternura que hay ciertos deseos que, bien utilizados, brillan más que la virtud. |