Un emprendimiento de
Etcetera


 
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El verdadero Mundo
 
Delfina Acosta
 

Recuerdo el viento eterno de otras tardes.

 

Tocando castañuelas prodigiosas

le daba larga cuerda a mi niñez.

Yo le pasaba alegre mis cabellos,

mi falda, y él, jugando, se los daba

al perro que ladraba tras de mí.

Correr, reír, morir de golpe sobre

el liso pasto, la colina aquella,

el verdadero mundo a la intemperie,

en donde el sol echaba mil monedas.

Después, de flores sucia todavía,

volver a la casona mansamente.

Mi voz quedó colgada de las ramas.

Mis ojos se vaciaron en garúas.

También perdí mi nombre. ¡Nada! ¡Nadie!

Soy yo sin la niñez de mi alegría.


 



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