“Yo solo trabajo con lo mejor” le escuché decir. La frase retumbó en mi cabeza y produjo una imagen que eclipsó en seis palabras, por unos instantes todo fatalismo, toda posibilidad de derrota. Inmediatamente pensé que aquella frase empujaba de frente esa ceguera general, instalada como una garrapata, me sacaba de ese estado sombrío, derrotista, cuestionador que llevamos dentro, nada más que para no llegar a ninguna parte. La lectura, los contenidos podían ser varios, me dije en un intento instintivo de intelectualizar el impulso inicial, pero la estructura de este pensamiento era palpable, el itinerario que había recorrido para llegar a este resultado venía de un estado de profunda convicción en el éxito. No importaba como era quien lo dijo, ni si me gustaba o no me gustaba, sino que aquella era una versión del éxito que funciona, y que muchos abiertamente, o en secreto, desearían tener como un traje para pasear todos los días de la semana por los lugares más espectaculares. Quien no querría trabajar con lo mejor todo el tiempo?
Y esto me llevó, después de girar la cabeza y observar al portador de aquella sentencia, a pensar que, por lo general no es que las personas carezcan de recursos, sino que carecen de conciencia o control sobre sus recursos.
O podríamos decir, apuntando un poco más allá del arco, que aprendieron a utilizar sus recursos de una manera ineficaz, frustrante, lenta, mecánica, obsoleta… en síntesis desacreditando nuestra propia visión de las cosas. Tal vez, como producto de ser cerrados, inabordables, insensibles a los cambios.
Por qué no podríamos todos “sólo trabajar con lo mejor”. Lo mejor que significa calidad más que abundancia, la sensación de un buen vaso de agua en plena manifestación de la sed. La experiencia, al fin de cuentas, no es lo que te sucede sino lo que hacés con lo que te sucede.
Tal vez debería seguir este consejo explícito, me dije, mientras daba el último sorbo a mi expreso, a la vez que subterráneamente revisaba aquella estructura, no el contenido. La cuestión es cómo construimos en la mente lo que nos ocurre, cómo estamos habituados a operar lo que nos ocurre, qué hacemos con ello y cómo lo grabamos en nuestro archivo.
Podría preguntarme, por ejemplo ¿por qué el ser humano se destruye a sí mismo? Por qué contamina o agota sus propios tesoros? El agua, el espacio, sus propias relaciones humanas, la abundancia desplegada para todos enjaulada en fórmulas de exclusividad egoista, por qué optamos tantas veces por el no en lugar de zambullirnos más seguido en un sí abrumador, paradisíaco ¿Usted piensa que esto es poder? Es nada más que una apariencia, una jaula bañada en oro, un juguete que suena a perfecto y corroe su propio destino por dentro.
La manera convencional de ver las cosas es que las experiencias negativas de la vida se acumulan dentro de las personas como un líquido dentro de un recipiente, hasta que finalmente no hay cabida para ellas y se desbordan o revientan. Repito, esta es una manera de ver las cosas, una simple manera de ver las cosas.
Usted puede ver el vaso medio lleno o medio vacío.
Si usted cree que sus problemas se acumulan en su interior hasta rebosar, va a ser eso, precisamente, y no otra cosa, lo que experimentará. Vaya hasta la heladera, sírvase un buen vaso de agua y disfrútelo sin apuro, gota a gota, sorbo a sorbo, imaginándose dueño de esta maravillosa vida que usted está dispuesto a cuidar, centímetro a centímetro. Y tome más que agua, tome el poder de su destino, del nuestro, el de sus hijos y de sus descendientes que lo recordarán por el lugar magnífico en la historia que ha elegido.
Creo que se necesita un plan completamente distinto para encontrar la solución a muchas cuestiones de diversas índoles, calibres y espesores. La mente humana es mucho más que lo que conocemos. Quizá bastaría con que aprendiéramos a apretar los mismos botones de otra manera para que sonara una música más agradable, que nos sirviera de estímulo en lugar de excusa para atormentarnos indefinidamente.
Tal vez sea tan sencillo como aumentar el volumen de la música que nos lleva al éxtasis y cortar la energía que enciende el ruido del dolor.
Qué tal si empiezo de inmediato, me dije, observando el agua de mi vaso de una manera más responsable. Usted ¿qué piensa?
Pagué mi café, miré a la parejita que estaba divirtiéndosé jugando con las manos, salí a la calle y me fui caminando por las calles de New York a cambiar algunas cosas. |