Giró el reloj de vidrio para que la tensión de aquella arena dorada deslizándose por su angosta cintura, le ayudara a recordar cuando se conocieron en el colegio. Ella se puso de novia con Daniel, su mejor amigo. Un desafío del destino los puso frente a frente, a solas durante quince minutos, en el living de su departamento de Saint Germain et Rue des Sèvres, en pleno corazón de aquel París chic, diplomatique, de la lujuria, del triunfo, de los puentes.
Rien de rien. Ella lo miró directamente a los ojos y volvió a repetir con firmeza, rien de rien. Très bien, dijo él y le extendió la copa de champagne, dibujando su mejor sonrisa de resignación, la primera de la noche, también la última. Y todo cambió. La luna se ubicó donde podía iluminar mejor las piernas de Lorena, casi sin la protección de aquella mini que ahora dejaba al descubierto el encantamiento de lo inconfesable, medias negras caladas, ligas para evitar que continúe tan fácilmente la captura de sus secretos, o peligren sus temblores resguardados por un angel que iba desperezándose de a poco, descendiendo a la humedad perfecta, bajo un relieve adorable, protegido, todavía bajo llave.
Él, sentado frente a ella, preferió observarla a través del cristal empañado de la copa de champagne, penetrar en la geometría ondulante de aquella figura con contornos de deseo y miedo, vigilado siempre desde un costado por aquella luz ténue que acariciaba su hombro derecho con la suavidad del aleteo de un hada, resguardada bajo las sombras.
Ella giró un poco para inmiscuirse en el éxtasis de la noche y separó ligeramente las piernas, la brisa del rio despeinó levemente aquellos párpados, los vellos de ambos brazos, los nudos frágiles del vestido a la altura del cuello y erisó la pìel desprevenida de Malik, quien tragó saliva sin descuidar la urgencia de su propia saciedad, aquello que se condensaba en sus raices, muy adentro y le hacía mirar y temblar al mismo tiempo. La situación era especial, Lorena era especial, la manera de indagar aquel placer era inusual, también aquella respiración a medialuz, la terraza cubierta de plantas que disfrazaban la ciudad iluminada desde un piso seis, el silencio con su multitud de soplidos, sus chasquitos, sus llamados de atención, sus impulsos jugando a ese raro ajedrez de correr el riesgo de retener al rey en el rincón de la torre.
Malik siguió buscando la llave que lo llevaría al lugar donde la perfección tiene siempre la habilidad y la ventaja de repartirse, de ensayar otras voces, otras perspectivas del gusto, del placer. Y claro, confirmó que su ropa interior también era negra, con una trama abierta, pequeña, suave, transparente, delatora, cara, muy cara, como el envoltorio de todos sus secretos reunidos.
El rompecabezas del deseo de aquel primer peligro de desborde, de aquella manera de invitarse a ejercerlo, había iniciado sus movimientos, construyendo en desorden el acercamiento, el encuentro, la tregua, con pinceladas de paciencia en puntas de pie e intentos fallidos calcados de un pronóstico de nerviosismo y adolescencia. La escena incluyó esta vez a Daniel que se sentó al lado de Lorena y puso sobre sus piernas las fotos prometidas. Ella miró la primera, durante un largo rato, luego la colocó a un costado del sillón para recorrer el blanco y negro impecable de la segunda, con aquella sonrisa suya, sostenida como por un clip de ternura sobre aquel cuerpo angelical, misterioso, adorable que se reflejaba en ambos extremos de la imagen.
–Son buenas... me veo como de veinte años– dijo ella.
–Querrás decir: "soy buena, lo hice bien, como una profesional".
–Para ser la primera vez, creo que si.
Malik encendió la cámara digital. Lorena observó como la lente salía ritmicamente del interior y revisó en detalle la tercera foto, hizo un playback veloz y rasante de aquella primera sesión en el estudio de Daniel, ordenó sus sensaciones, la blusa sobre la percha, el jean roto en la rodilla, las sandalias alineadas con el borde del zócalo, el corpiño, las manos de Daniel acomodando aquel cuerpo tibio a su antojo, a la luz ideal, al clima perfecto, a las primeras fotos de aquel juego sin flash, casi sin reglas, en el cual le lanzó el desafío. Entonces miró nuevamente a Malik que se había acercado y la estaba enfocando, con ambos codos descansando en el apoyabrazos del sofa, a apenas ochenta centímetros. Cuarta foto, ella ensayando una escena sobre un tapiz de presagios, un instante solemne con gotas de caipirinha sobre el pezon izquierdo, con sus mejores colores encendidos, firme y más abajo un ombligo húmedo, como un limón jugoso, abierto, esperando su turno, insinuando una puerta clausurada a un callejón sin salida y al fondo la tour Eiffel completando el colchón de la princesa. Treinta centímetros, el rango efectivo del enfoque todavía sensiblemente estrecho. Daniel se acercó a Lorena, ella dejó las fotos sobre la mesa de enfrente. También giró el reloj de vidrio para que su arena dorada se desplegara en un ininterrumpido presente. La cámara, que inmediatamente detecta el movimiento del sujeto y lo visualiza en el indicador. Malik que apreta el disparador hasta la mitad de su recorrido. Ella, que se sabe enfocada, entonces se apoya en los brazos de Daniel, quien la cobija y deja que se acomode en aquel más allá de la imagen, en aquel espejo cómplice que, del otro lado, empieza a dibujar su propia sorpresa, sin ninguna réplica ni excusa, inclinados uno hacia el otro, naturalmente, los tres abandonados al calor de una proximidad incierta con la diferencia de brillo entre el sujeto y el fondo, que a esta altura Malik soluciona con inspiración y ella recibe con la inocencia de su perfil más apasionado, siempre adherida a la respiración de Daniel que la ofrece de par en par.
Ella sube ambas piernas al sofá, sin juntar las rodillas, probando la elasticidad de sus medias. Malik se acerca más hasta llegar donde ya no hay suficiente cantidad de luz y sólo puede compartir el perfume del origen de todas las cosas. El autodisparador se encarga de lo que sigue y confirma a través de su óptica imparcial que las miradas acarician a Lorena con la abertura recomendada. Il avait réussi à écarter légèrement ses jambes, et pouvait apercevoir la ligne de son sexe, diría Anaïs Nin. Doucement, doucement.
La noche agita sus alas cubriendo de sombras y sudor los tres cuerpos, que se retuercen en silencio, grabando para siempre aquella imagen con sus estrellas escritas en jadeos inentendibles, en el rectángulo de la pantalla de la cámara aún encendida. Resonancia, obsenidad, ternura, te amo, yo también, celos sin comprender ni siquiera las respuestas más inmediatas. Nueve de la mañana. Me amas allí donde no puedo estar. El corazón es más de lo que me queda. Despertar. Descubrir. Volver a desear. Boire de l´eau mineral.
Lorena se convierte repentinamente en un desayuno de ausencias, en una insoportable languidez donde sólo quedan un par de medias negras y un sobre vacío sin las diez fotos treinta por cuarenta, en blanco y negro. Suena el teléfono. Daniel recoge lo que queda de sí y alcanza a escuchar la voz de Lorena del otro lado del tubo, que le susurra rien de rien. Très bien, dice él, bebe el último sorbo de champagne y se duerme nuevamente sobre el parquet.
Ocho meses después llegó una foto con el sello de Tahití, en blanco y negro, para completar el ritual. Firmaba Lorena, su primera y única novia; en un arrebato de curiosidad y espíritu de aventura, explicaba en un costado, que se había anotado como camarera en un barco. A su lado reconoció a Jean, un surfista de competición y a Malik, su mejor amigo. Atrás el océano, aguas turquesas, barcos, la resignación, laissez faire. Recordó, en breves segundos los días del colegio hasta completar el racconto con aquel desafío, aquel juego de poder sobre la exclusividad. Qué otro desenlace podían otorgarle aquellos diez y siete años resplandecientes, que interpuso en el destino de los tres, lanzando dados marcados sobre un paisaje que sólo le aseguraba la ida. Aquella fanfarronada con maquillaje de prueba de fuego, le había costado el precio de perder sus rincones secretos, toda la inocencia de Lorena desplegada y compartida en el living de su departamento de la esquina de Saint Germain et Rue des Sèvres... Mais, c´est doux à l´instant de jouir. Y en letra pequeña, escrito con rouge en el extremo derecho de la foto, bien abajo, rien de rien y algunos rastros de arena dorada esparcida más allá del reloj quebrado en tres partes en el piso. |