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Mba'eichapa identidad cultural |
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Por Jorge Codas |
La identidad cultural se ha montado con trozos diversos para crear el mapa de una intención común, tácita y expresamente acordada.
La identidad es el horizonte, la cultura es el barco. Hacia allí vamos, siempre bajo el riesgo de extraviarnos, al menos esa es la sensación, por eso se habla tanto de este tema que alude permanentemente al canto de sirenas que hacen vibrar el espacio con sus himnos incandescentes de globalidad.
Otro día, bajo la lluvia, esperamos el barco a orillas de un lago… El peligro es aún mayor en sociedades fragmentadas y que no saben reconocerlo. La «identidad cultural» hace referencia permanente a la cualidad de idéntico. Igualdad que se verifica siempre, sea cualquiera el valor de las variables que su expresión contiene. Es el espejo donde se expresa uno y a través de uno, el ser social. La imagen real se traza, es decir, se consigue, se realza, se encamina a través de la identidad. La identidad cultural cierra el dibujo de la identidad personal, la resume, le da cuerpo social, le pone el remache, ajusta la brujula y asegura el itinerario, tácita o expresamente. |
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"La función del arte en la sociedad es edificar, reconstruirnos cuando estamos en peligro de derrumbe."
Sigmund Freud |
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Ciertamente podemos crear con trozos diversos un mapa que nos lleve hacia la integridad. Por qué ignorar esta cuestión práctica. Por qué ahogarnos en el karma de verlo todo siempre de la misma manera? O es que acaso no podemos crear, sorprendernos con la magia de hacer despertar un nuevo gigante a cada paso?
La expresión «identidad cultural», en su sentido ideológico, va referida al «todo» de una cultura, atendiendo a espacios siempre bien delimitados, a esferas o círculos, a etnias o pueblos. La «identidad cultural», no está tomada en la universalidad de su extensión, la «cultura humana», solo abarca una parte, un rasgo, una península de una geografía mayor, tiene un carácter restringido, específico.
Escuché que alguien dijo que la expresión «identidad cultural» es como el seno de la madre para el niño de pecho, pues reconstituye en la mente la certeza de estar protegido, amparado, resguardado de los peligros externos, de la contaminación.
Tambien desde otro fragmento de esta incursión en forma de puzzle, zigzagueante, algunos piensan que, por suerte, como tantas otras cosas valiosas, parecería ser que la identidad cultural está de moda. Aleluya, aunque sea o no del todo cierto, igual podemos aprovecharlo. Es como si de golpe hubiéramos descubierto que podemos ser algo o alguien, mucho más que un simple peón de resguardo en el tablero donde se juega siempre para proteger al rey. En el mejor de los casos, enroque. Quien soy se pregunta el distraído que supone que “Nosotros” no somos “ellos”, o al menos, por ahora, ya no queremos.
Dice Roland Barthes que “en el café, toda persona que entra, si posee la menor semejanza de silueta, es de este modo, en un primer movimiento, reconocida.”
En América Latina, la mayoría de los países son multi-linguísticos y multiétnicos; lo cual nos obliga a dar un espacio importante a otra invitada: la diversidad. Bienvenida diversidad, que viene a sugerir nuevos movimientos al ya congestionado juego. Aún más, nos insta a considerar la urgencia de realizar aproximaciones multiculturales.
Esta es una de las pocas posibilidades de jugar con las piezas de la realidad, tal vez solamente para probar aquella recomendación de Albert Einstein, cuando decía que “si quieres que algo sea distinto, no hagas siempre lo mismo”. |
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"Los del fondo pueden aplaudir, los de adelante hagan sonar sus joyas."
John Lennon |
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| Aún así, seguimos escuchando la misma voz de coro exigiendo que se preserve su pureza virginal, indiscutible e incondicionalmente valiosa, que sea conservada a toda costa, resguardada de todo acoso malversador. La idea de «identidad cultural» de un pueblo nos remite a lo sustancial de ese pueblo; lo que postula es el reconocimiento del proceso de generaciones, que ha logrado mantener y «reproducir» la misma cultura a través del tiempo, convirtiéndose en patrimonio insoslayable, en ahorro a plazo fijo de una concepción del mundo, en su cédula de identidad colectiva.
Podemos hablar de «identidad cultural maya» o de «identidad cultural paraguaya» o de «identidad cultural latinoamericana», allí donde, sin embargo, se perciben extrañas raíces, a veces hilos invisibles, que parecen darle una eterna fecundidad al mismo tronco de identidad, y a la vez, parece recordarnos que el mapa no es el territorio.
Sabemos muy bien que la globalización, en su pretención arrogante, insolente de homogenizar las culturas del mundo, nos permite sospechar que esconde una carta peligrosa bajo la manga, bajo el formato rectangular de una amenaza para la diversidad. En su afán de conservar sus propios límites, las identidades segmentan la totalidad del espacio cultural en porciones que apenas se entrecruzan para reconocerse brevemente aunque jamás se comunican entre sí y dificultan el concepto de cultura, que hoy en día está demasiado restringido, monopolizado en un grupo de poder intelectual que maneja las reglas del juego, los términos, incluso para definirlo y administrarlo a su gusto. Se podría hablar entonces de proyecto colectivo? Será que se puede llegar al éxito disfrazado de fracaso? O enhebrar una aguja temblando de frío?
Estaremos nadando todavía en las mismas aguas servidas que nos dejó como herencia aquella sentencia maquiavélica que recomendaba dividir para reinar.
O será que seguimos inmersos en el mismo tablero donde solamente el rey debe ser cuidado?
De todos modos, aquí simplemente intentamos ser fieles a aquel proverbio hindú que dice:
"Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio."
No hay por qué asustarse de los palabras que no suenan acorde a la música que deseamos oir, ni tampoco asustarse del ladrido de los perros imaginarios que nuestro propio temor coloca al pie de nuestra cabalgata, como diría Don Quijote:
"Los perros ladran, Sancho, es señal de que cabalgamos." |
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