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Apostar a la ¿Cultura?…
o al divertimento
That's the question
Por Chester Swann

En casi todos los debates y mesas de trabajo de los operadores culturales en que me ha tocado participar, seguía pendiente la exacta definición de esa elusiva, nebulosa, vaga y pizpireta palabreja trisilábica: CUL-TU-RA.

Para muchos, es sólo arte, artesanía, música y otros productos lúdicos del intelecto humano, y de sus manos, debidamente (o no) convertido en "tradición" y conservada en alcohol para la posteridad o para consumo del mercado de coleccionistas de arte "típico", o de las distracciones pasatistas de los dilettantes metidos a crìticos marchands del mercado del arte covertido en mercancìa para turistas bobos.

Otros —entre los que se incluye este servidor—, sospechan que la dichosa palabreja oculta una semántica más profunda, relacionada con el día a día de la agitada cotidianeidad de una nación cualquiera, feudo, tribu, o sociedad; independientemente de su producción artística, artesanal o intelectual.

Comencemos por la raíz latina: cultum, cultivar.  Reflexionemos un poco acerca de la necesidad de cultivar valores identitarios.  No sólo universales, humanistas, éticos, sino también los que hacen a la identidad de una sociedad, independientemente de su localización geográfica.  Que después de todo, las fronteras no son accidentes geográficos, sino políticos, y todos somos humanos, descendientes de Mono Sapiens.

No se espera que la cosecha a coger sea diametralmente diferente de la semilla previamente sembrada.  Es decir que, de acuerdo a la simiente, hemos de tener la cosecha que nos merecemos.  Al mirar críticamente a nuestra sociedad, nos preguntamos en qué se han equivocado nuestros abuelos, nuestros padres y, ahora… nosotros, cuando vemos crímenes, violencia callejera, falta de respeto a las normas de convivencia, desprecio a la naturaleza, negación de valores sociales como la honestidad, exégesis de la ignorancia y la mentira, en fin… la lista sería larga y nutrida, pero da para comenzar a reflexionar.

No es posible que un país como el nuestro, aún pequeño y mediterráneo pero rico en recursos, pueda contener tantas desigualdades, tanta corrupción, tanta mediocridad y tanta pobreza.  ¿Es que alguien confundió las semillas?  Una tendencia muy "tradicional" de nuestros coterráneos (no me atrevería aún a llamarlos ciudadanos), es echar la culpa a segundos o terceros.  Si se derramó la leche, si se aplazó su hijo mimado, si le multaron por conducir ebrio, si le sobrefacturaron el teléfono, si nos apedrearon en la cancha… no demorará en hallar culpables.  Y en ciertos casos, podría tener razón, pero, siempre hay un pero, ¿Qué semilla errónea se ha cultivado, por generaciones, para producir semejante cosecha de aberraciones?

Nuestras instituciones educativas y nuestros padres, encargados de la siembra de semillas de cultura, se la pasaron fabricando héroes militares acartonados, patriotas de cafetín conspiraticio, citando batallas gloriosas que siempre perdimos, actuando de operadores oficialistas… y olvidaron la promoción del intelecto, las virtudes del conocimiento y el ejercicio de la honestidad.  Olvidaron, quizá adrede, de letras creativas, de números científicos, de los sublimes sacerdotes de la música culta y de los creadores que han construido las bases de una civilidad, cristiana o no, pero tolerante.

Por cada nombre de artistas, maestros y pensadores, hay una veintena de calles con nombres precedidos de grados militares.  Es decir, se siembra la semilla de la destrucción, militarizando las mentes y poniendo armas en manos irresponsables de analfabetos funcionales, productos internos brutos de sucesivas "reformas" ¿educativas? Desde 1957 en adelante.  El humanismo ha muerto o ha sido momificado desde entonces.

La cultura, es lo que se vive cotidianamente.  Se la puede apreciar en el correcto comportamiento ciudadano (en algunos países de Europa, claro); se la puede percibir en el ético desempeño de los administradores; se la puede palpar en el ordenado tráfico automotor donde se respetan normas, señales y preferencias; se la percibe en hogares, en calles, parques y plazas verdes, limpias, y en ciudadanos cuidadosos de su medio ambiente.  Pero hay más.

Si el léxico diario del pueblo se "enriquece" con vocablos como pókare, malevo, barra-brava, coima, yvapara, peajero, popinda, mordida, campana, rollotráfico, narcotráfico, ka'úrapo, contramano, tarova, caballo loco, pirañita, hora-paraguaya, y cientos de otros vocablos de la infamia ¿A quién echaremos la culpa de que el arbolito salga torcido desde la raíz?  ¿al gobierno?

El Estado es el fiel reflejo del nivel cultural de una nación.  Si hay deshonestidad y afán de enriquecimiento ilícito, es que los mandatarios crecieron en ese ambiente.  Entonces, miremos en nuestro entorno y hurguemos en nuestras conciencias.

Es hora de mirarnos al espejo.  Si tenemos un estado corrupto, ese estado somos todos nosotros, los paraguayos.  Si tenemos una sociedad egoísta, deshonesta, logrera, ignorante e impuntual… es el reflejo que nos devuelve el espejo.  Mientras tanto, no miremos a la "cultura" como un divertimento de elites, ni como desahogo catártico de danzas de academia folclórica, ni como pinturas de ex simios artistas.  Nos equivocaremos de nuevo, como siempre.


 



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