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NOCHE DE PESCA Y OTROS CUENTOS
de Lisandro Cardozo
Aqui les acercamos 2 narraciones breves
y vea aqui más sobre el autor

LA RENUNCIA

Jacinto estaba arrodillado al final del oscuro zaguán y la sombras lo envolvía y le lamía las entrañas. Le carcomían hasta el brillo de los ojos. Una humedad viscosa se dispersaba sobre la pared en implacables dedo, marcándola desde el zócalo, para formar extrañas figuras, grotescas e inquietantes­.
La luz de la vela le venía a Jacinto desde abajo, y se consumía en lentos chisporroteos. Su sombra era proyectada en el techo de cieloraso carcomido por el tiempo. A un costado estaba el aparador de madera lustrada, del otro lado un cristalero de vidrio manchado y una banqueta revestida de cuero negro­
La suave brisa se filtraba por debajo de la puerta, mientras Jacinto murmuraba una plegaria triste y amarga. Estaba en el mismo lugar, donde una semana antes habían matado a un hombre dos años menor que él.­
En las paredes resonaban aún las mismas voces, las ordenes apresuradas, los resonantes pasos y la respiración agitada de policías de civil en la acción.­
Era tarde para los lamentos: "Fue un error, - se repetía- un lamentable error­
­
-Sigan vigilando la casa de ese comunista. A lo mejor cae alguien más esta noche. Fue la orden tajante del comisario a cargo de la acción en que muriera Teódulo y otros compañeros de causa.­
Los papeleos seguían febrilmente en la oficina policial, donde se barajaban nuevos informes, se analizaban documentos descubiertos o fraguados, publicaciones varias, libros y folletos. La actividad era incesante en ese viejo edificio de Pte. Franco y Chile que guardaba tantos recovecos y tristes memorias.­
Todo debía estar en orden para el fin de semana, en que se haría una reunión para informar a la prensa y al país, que el operativo rastrillo realizado días atrás, había sido exitoso y que las acciones seguirían hasta las últimas consecuencias.­
El cronograma ya había sido cuidadosamente elaborado: A la lectura del discurso del jefe, que ya fue corregido más de una vez, seguiría la presentación de cada uno de los "comunistas que estaban vivos".­
 Los canales de televisión estaban dispuestos, como también las radios. Debía informarse con mucha profusión sobre los logros del Departamento de Investigaciones. El jefe ensayó cada movimiento, incluso lo que respecta a los presos. Estos fueron entrenados, pero solamente algunos de ellos estaban autorizados a hablar, hasta cierto punto, sin excederse en lo más mínimo. Cada palabra fue grabada y pautada de antemano y cada uno conocía sus límites. Fueron amenazados, que si decían algo indebido, serían castrados y enterrados vivos.­
Mientras tanto, en la planta alta y en la sala de Cururú Piré seguían implacablemente las torturas y pileteadas a los recién apresados. El operativo seguía sin descanso y a cada rato salía un contigente montado en todo tipo de vehículos para traer a los que fueron delatados a la fuerza. Los torturadores no tenían descanso, y las veinticuatro horas parecían no bastar. Estaban alterados, nerviosos y todo les irritaba, que se mostraban cada vez más bestiales con jóvenes, viejos, mujeres y hasta niños. Las botellas de caña eran la prolongación de sus fibrosos brazos, como los cigarrillos que servían para otros propósitos. El humo del tabaco era sofocante en la reducida piecita de tres por tres.­
La prepotencia era constante, los gritos y lamentaciones de los huéspedes hacían insoportable el ambiente en el edificio, donde permanentemente sonaba una música estridente. "Quién más... digame su nombre, carajo. No me niegue que ese también está  implicado. Quién más...diga pues...". Algunos en su desesperación nombraban a amigos, para tomarse un respiro o con la esperanza de que terminara la tortura, e inmediatamente se providenciaba el apresamiento de los desdichados.­
Las oficinas eran hervideros de agentes civiles, uniformados, informantes, presos, parientes desesperados, que lloraban en vano en los pasillos. Nadie sabía nada, ni daba alguna esperanza o noticia sobre los detenidos. Afuera el calor era insoportable y el asfalto era el fondo del infierno. Entrar ahí, era como transitar la antesala de la muerte y de hecho, muchos salieron envueltos en sucia sábana y llevados a ser enterrados en la Guardia de Seguridad, con la complicidad de la noche.­
 
En el patio interior de la sede de la policía, -que antes fuera una vivienda, fue acondicionada para oficina y cárcel- estaban algunos de los presos parados al sol. Estos debían permanecer firmes y el que tenía la desdicha de desvanecerse, quedaba ahí hasta insolarse. Si moría, sería uno más y poco importaba. En el corredor interior estaban los custodios, que querían divertirse. Uno de los juegos era simular fusilamientos en grupo o quién escupía más veces a la cara de algunos de los presos. Una de las víctimas fue "careta", un hombre bajito pero cabezón, de apellido Amarilla. Este, el día que lo apresaron, estaba colocando zócalo en el octavo piso de un edificio céntrico. El no sabía leer ni escribir.­
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Jacinto aún lamentaba con rabia el error de haber entregado el informe sobre el grupo de sospechosos de actividades subversivas, que finalmente fue caratulado en forma oficial "comunistas peligrosos".­
A partir de aquel día lo miraron con temor. Los que antes lo frecuentaban y supieron por terceros que él fue el informante, ya ni le saludaban y lo acusaban por lo bajo "pyrague‚ de mierda o Judas infeliz".­
El informe que contenía un texto lacónico, algunos nombres y más abajo su firma, fue el causante de la muerte de Teódulo, a quien tomaron cuando salía del baño para ir al trabajo.­
"Ese comunista quiso escapar", dijeron como toda explicación trás el operativo.­
Unos perros que ladraban rabiosamente volvieron a la realidad a Jacinto, mientras un gallo ciego cantó en el fondo de la casa, equivocando la hora en casi media tarde.­
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Ahora a Jacinto lo aborrecían en su propia casa. Su padre  no podía hacer nada, por el miedo que le tenía. La madre, nunca se había revelado por nada y ahora que quería levantar la voz, la prudencia le aconsejaba seguir sirviéndole la comida, lavar su ropa y arreglar su cama. Jacinto fue como un leproso y nadie quería estar donde él estaba
Ya no soportaba el desprecio. Pensó en pegarse un tiro en la cien, pero no se animó. Esa mañana fue ante el jefe supremo. Por sus antecedentes, era bien mirado por la plana mayor del departamento. ¨Quién más que él ha sido capaz de delatar a su propio hermano?­
Por ello ha recibido felicitaciones y una buena gratificación en efectivo, que ahora le quemaba las manos. Pero ya era tarde. Algunos de sus camaradas le tenían envidia y otros sonreían iríonicamente cuando pasaba: "Este es capaz de vender hasta a su propia madre". Los más antiguos, aunque también con oscuras historias en sus haberes, llanamente lo odiaban.
"Señor, vengo a entregar mi renuncia indeclinable. Estoy arrepentido por lo que hice y ya no puedo ni dormir, me siento como un perro agusanado, despreciado por todos. Lo que no puedo perdonarme, es que mi informe haya llevado a la muerte de mi propio hermano. Yo creí que las cosas no iban a pasar del simple apresamiento, como me hicieron creer ingenuamente...".­
-Tranquilo muchaco, -interrumpió Pastor Coronel con severidad- lo comprendo muy bien y entiendo su postura. Relájese mi hijo. Usted sabe que no se eligen los parientes. Usted no tiene la culpa de haber tenido un hermano comunista, un subversivo. Ahora mi amigo, debe tratar de no torturarse y recuerde que las grandes batallas no se ganaron nunca con los débiles. Debe tener en cuenta que la patria necesita de hombres como usted; valientes, que pongan al país por sobre todas las cosas. Recuerde que el lunes se le va entregar  otra gratificación y una especie de condecoración por sus servicios. Tranquilícese, por su bien, y ahora joven, por favor cierre la puerta al salir sin hacer mucho ruido".­
Jacinto apretó con fuerza el sobre que contenía su renuncia, caminó los metros del corredor y salió a la calle. Hizo un movimiento brusco y el papel describió un círculo en el aire para caer en la  calzada mientras caminaba calle abajo con las manos en los bolsillos.­

 

NOCHE DE PESCA

En Varadero el agua estaba picada y hacía fresco. Había un viento norte pesado que cruzaba sobre mis hombros.­
     Estaba pescando desde la popa de una vieja barcaza en desuso; había poco pique y el aburrimiento estaba haciendo presa de mí con sus enormes fauces. Hacía horas que estaba sentado intentando pasar el tiempo lo mejor que podía, y tenía en el agua, atada a un largo cordel una media docena de bagres y unos armaditos que había capturado.­
     De vez en cuando un mbiguá pasaba raudo o se zambullía a unos metros de mi línea, y al rato salía con una desesperada presa en su pico; la engullía y a seguir pescando desde el aire. Las horas parecían arrastarse en la lenta corriente que seguía bajando imperturbable, trasportando camalotes, botellas, o cualquier cosa que pudiera flotar.­
     Desde mi lugar percibía los movimientos de otros pescadores en las sonoras  planchadas de metal de los barcos vecinos. Se oían voces, algunas bromas o un agudo silbido, mientras yo seguía tirando y recogiendo mi liñada, o reponiendo envejecidas carnadas, cambiando de vez en cuando el anzuelo; culpándolo de mi poca suerte. Me conformaba pensando en el viejo dicho de los pescadores, ``todavía no es la hora''. Renovaba mi paciencia con unos sorbos de tereré, y seguía sentado al sol, que iba declinando de a poco.­
     Levanté mi pobre sarta de pescaditos y, para colmo de males, lo encontré disminuido, pues alguna piraña se había sebado en dos de ellos. Había rastro de feroces dentelladas en los vientres de ambos. Limpié pacientemente lo que quedaba de los bagres y los coloqué en una bolsa de hule.­
     Con la luz de la linterna junté mis cosas, pues el sol se había puesto, las voces cercanas habían callado y solamente se escuchaba el ruido metálico de los barcos, al mecerse en la noche. La oscuridad era total y me disponía a retornar a mi casa con poca suerte, pero con un espléndido tiempo en soledad. Había reflexionando cosas que me preocupaban, ordenado otras, y dejado algunas para irlas resolviendo en la semana.­
     Busqué a tientas el tablón que era el puente hasta la barcaza más cercana a la playa; desde ahí en un salto estaría en tierra. Pero, extrañamente, no veía ninguna luz a mi alrededor, no había el titilar de la candela prendida en las casuchas de la ribera, ni se escuchaba el griterío de los niños jugando en la playa. Sabía de memoria dónde estaba el puente y lo buscaba como a los chirriantes barcos surtos en la playa, y nada. "Esto no puede ser. Es una broma de alguien", pensé. Pero era absurdo creer que persona alguna haya retirado las toneladas de hierro flotantes y medio varadas en el fango. Recorrí varias veces la borda, tropecé con maderas y hierro viejos, maldiciendo lo que me estaba ocurriendo.­
     Mi codo sangraba. O sea, esto no era un sueño, y me sentí furioso e impotente a la vez. Qué podía hacer en esas condiciones. No podía arriesgar mi vida lanzándome al agua; primero por temor a acalambrarme, pues hacía tiempo que no nadaba y además no veía la costa más cercana.­
     De vez en cuando tenía la sensación de que la barcaza se movía, que iba a algún lado con movimientos leves. Me senté anonadado y estupefacto sobre lo que parecía un cajón viejo de madera. No podía entender lo que me estaba pasando...­
     Yo tenía tantos planes para esa noche, y en esas condiciones no me quedaba otra cosa que esperar el amanecer. Consulté mi reloj y eran las ocho. Miré el cielo por enésima vez y confirmé que no había luna, ni las estrellas titilaban a lo lejos. Había, sí, una profunda oscuridad en torno a mí y una sensación de desasosiego me envolvía con el correr de las horas.­
     No podía dormir, pues cuando lo intentaba, sentía un sofocón y despertaba sobresaltado. Seguramente ya era más de medianoche cuando sentí que estaba recostado en la dura pared del desvencijado cuartito que alguna vez fue un camarote. No tenía colchón ni cobija, y por supuesto que era mucho lujo pretenderlo.­
     De vez en cuando escuchaba que alguien se acercaba, entonces gritaba para llamar la atención de esos hombres, y las voces irremediablemente se iban diluyendo. ¿Serán pescadores que vienen de revisar sus espineles o están buscando otra canchada  para pescar?, me preguntaba, y nuevamente el silencio me envolvía, y mi impotencia se iba acrecentando. Me sentía entumecido por el frío y tenía miedo por lo que me estaba ocurriendo impensadamente.­
     Según mi cálculo, faltaba mucho para que amanezca, tenía aún alguna carnada, y lo mejor sería hacer pasar el tiempo.­
     Preparé el cordel y lo lancé al agua con nueva carnada, pero me pareció que la plomada no había contactado con el líquido, y soltaba hilo hasta dar todo lo que había en el carretel. No sentía ni que se meciera ni tocara fondo.­
     Experimenté de nuevo la sensación de ahogo; fue como un súbito ataque de asma. Me faltaba el aire y tenía entumecidas las extremidades. De mi garganta no salía palabra alguna y era como roncos carraspeos, o como si estuviera haciendo gárgara.­
     Tenía punzadas en todo el cuerpo; ¿será por la postura incómoda del camastro?; y lo sentía en los costados y a lo largo de la espina dorsal. Me dolía terriblemente la cabeza y recordé el analgésico que siempre tenía, pero me sentía incapaz de ir por él. Se me secaba la garganta, la boca se me endurecía, y la respiración se me iba haciendo difícil y entrecortada.­
     Escuchaba que hablaban muy cerca y era como si pasaran a mi lado, y quise creer que ya estaba amaneciendo. Con la alegría súbita que sentí, moví mis manos y palpé la aspereza de las escamas que volaron por los aires. Di unos palmoteos desesperados que habrán sido sin mucha gracia.­
     Una vez más las voces sonaron cerca y pude reconocer algunas palabras en mi delirio...­
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-¡Miren esto, muchachos! Alguien olvidó sus elementos de pesca anoche.­
-Acá hay una bolsa con pescados y una liñada en el agua. La voy a revisar...Y parece que pescó algo o está trancada en algún raigón.­
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     Sentía que revisaban palmo a palmo la barcaza.­
-Seguramente el hombre cayó al agua y por eso están todas sus cosas aquí...­
­     ­De repente vi que un deslustrado zapato se acercaba con violencia a mi cara.­
­
-Miren esto muchachos, un pescado tan raro y feo. Lo voy a tirar al agua, porque ya huele mal y está endurecido, que parece un cartón viejo.­