Había estado caminando durante horas, por callejones zanjosos, extraños, muy llamativos para él, callejones que le condujeron a otra ciudad, a otra dimensión del tiempo, lejana, con casas bajas de estructura primitiva, construídas de ladrillos y adobe, muchas de sus paredes eran de tapias y los techos de paja. Cada una estaba rodeada de un cercado de madera, casi todas arboladas y la mayoría tenía un naranjal, había gallinas, cerdos y otros animales. Al parecer los aposentos principales estaban ubicados al frente y en el fondo la cocina y la despensa. Los faroles estaban apagados.
La vida de la ciudad parecía circunscribirse al terreno adyacente a las barrancas del río, donde la parte más concurrida era la Plaza de Armas, circundado por la Casa de Gobierno, el viejo Cabildo, el Obispado, la Catedral. También el convento de Santo Domingo estaba allí, rodeado de una bulliciosa ranchería.
Y cada vez que sus párpados le abrían paso al presente mejor imaginaba el después y los colores que vendrían. La vida seguiría igual, el cine de los sábados, las visitas aleatorias a su mamá, la lectura de viejas cartas por la tarde, los partidos de fútbol de los domingos una vez terminado el suplemento cultural de La Nación.
Le pareció ridículo haber doblado tantas veces la esquina sin darse cuenta, sin siquiera imaginarse que en aquella pared de trespordoscincuenta brillaba el sueño que le zumbaba a la sombra de todos los días. Entrando a la ciudad con dirección a la Catedral, sobresalía a la izquierda aquel edificio de fachada aparatosa, comúnmente llamado palacio viejo, en el cual daba sus despachos el gobierno de la República. Este edificio tenía poco fondo, con una galería al frente, y otra en la parte posterior, en ambos pisos. Una insignificante escalera de madera, en una esquina del mismo, que conducía al piso superior. Allí, en el momento en que se abrían paso los mismos personajes colgados en la pared, los imaginaba más reales. Habían transcurrido varios meses y desde entonces allí estaban, siempre instalados a media altura representando su función cotidiana de retocar la pared en medio de las flores amarillas de aquel singular fondo de primavera y media mañana. Sei Lob und Preis mit Ehren de Bach y luego las cuatro estaciones de Vivaldi, sonaban siempre a la misma hora en la radio del auto, cuando pasaba y los observaba abriéndose paso entre las palomas que habían anidado en algunos huecos del edificio y volaban alborotadas al ritmo de Ertöt' uns durch dein' Güte, también de Bach. Obstinado con tantas ideas inconclusas que no le cerraban, volvió al piano, aunque no tenía tantas ganas de trabajar una y otra vez algunas frases sobre la misma melodía, de ida y vuelta, mezclando caprichosamente esto y aquello. Pero no le salía ninguna cosa precisa. Todo terminaba prolija y religiosamente en una buena ducha con la justificación de relajarse y volar un poco mientras cerraba los ojos para que el agua resbalara lentamente sobre su rostro, su cuerpo, escapando convertida en espuma y jabón entre los dedos de sus pies. Ahora ya estaba seguro que desde aquel palco ambulatorio antes de doblar la esquina, estaba la clave, el enigma cifrado en el vuelo de las palomas intentando confirmarle al vecindario, a los intrusos ocasionales, vendedores callejeros, oficinistas, propietarios de asalto a mano armada, que aquellas aberturas roidas por el tiempo les pertenecian, eran su hogar, el escenario donde aleteaban, jugaban siempre a volar y desde donde conocian todos los detalles para apropiarse, con mayor autoridad y pleno derecho, de ese rincón de la ciudad. Como él hacía con su vida tantas veces antes de doblar la esquina.
Pero recien cuando aquella paloma malherida cayó repentinamente sobre el capot de su auto, la mirada habitual se volvió una mezcla de cábala y ternura. Fué un sonido seco que lo sobresaltó al mismo tiempo que pisaba los frenos al tope. La recogió y la colocó en el piso sobre un diario viejo y condujo seis cuadras hasta la veterinaria más próxima, allí la vendaron y le pronosticaron unos días de agonía, pero él no era un tipo que se dejaba inquietar por opiniones fatalistas, menos aún cuando venía entregado misticamente a aquella experiencia en la cual la paloma era, ni más ni menos, que la puerta que se le abría para retornar a su verdadero cauce.
Aquel golpe seco le hizo despertar repentinamente de sus improvisada siesta, recordó su nombre, Don Domingo Alonso, y que había participado en la fundación de Asunción, en el posterior establecimiento de Ontiveros, en la región del Guayrá, bajo la dirección del Capitán García Rodríguez de Vergara, y también en la fundación de Ciudad Real, a cargo de Ruy Díaz de Melgarejo, en 1557, tres leguas al norte del Gran Salto, en la confluencia del Pequiry con el Paraná.
Sintió la temperatura del pasto y la tierra en su espalda, miró a su alrededor, respiró profundo e hizo silencio, sacó un cigarro de su bolso de cuero y lo encendió sin decir palabra. Entonces vió la casa de madera, con su techo de paja. Aquel modesto recinto fortificado tenía alguna capacidad, porque dentro de él se concentraban todos los elementos de la naciente población. Allí estaban la artillería y el parque, las moradas de los pobladores, la iglesia con sus clérigos, la herrería y el depósito de víveres. Miró un poco más arriba y vió a las palomas que habían anidado en algunos huecos de la casa de madera y volaban alborotadas al ritmo del viento y de un piano que sonaba a lo lejos. |