Mientras escuchaba Garota de Ipanema en versión de Tom Jobim & Frank Sinatra, revisaba en la pantalla de mi notebook los primeros apuntes del cuento que debía enviar al concurso en tamaño carta, arial doce, doble espacio, cinco carillas, todo por triplicado. También miraba de reojo por la ventana esperando que Sofía, mi adorable vecinita, saliera a escena, a mostrar los más profundos secretos de la noche con su remoloneo felino entre las sábanas, siempre con su ostensible control del show y con esa desafiante impudicia que la convertía de inmediato en una auténtica profesional del exhibicionismo. Jamás dormía desnuda, siempre con una tanga pequeña, cada noche diferente, más sensual que la anterior. Era como un desfile premeditado de las texturas de mi propia espera acumuladas en el tenso hilo de las noches precedentes. Se desperezaba de tal modo que, al dejar que sus piernas se abrieran con suavidad, las sábanas se deslizaban muy lentamente a lo largo de su cuerpo sedoso hasta caer casi completamente sobre la alfombra roja. Era una visión panorámica que yo disfrutaba a media luz desde el privilegio de una primera fila, donde mi mesa de trabajo delimitaba el sector preferencial elegido especialmente para inspirarme en aquel efímero recorte nocturno, penúltima ventana hacia la izquierda, a escasos metros de la suya. Una fugacidad deliciosa en una permanencia de sombras y estrellas. El punto más excitante era cuando las transparencias mostraban aquellas oscuridades carnosas, aquella selva inquietante, espesa, húmeda, con aroma a adolescencia y misterio, que invitaba a las fantasías más salvajes. Era un ritual que se repetía cada noche, bajo las instrucciones rotundas e inquebrantables de un acuerdo tácito, la ventana debía estar siempre abierta sin ningún otro intento de aproximación. Me lo hizo saber en la esquela que dejó perfumando mi buzón, un viernes seis, con aquella picardía innata, característica inconfundible del hampa de su inteligencia.
Ella giraba y solía colocarse en posiciones muy especiales, apuntando con gran puntería sus preferencias hacia la ventana, de modo que coincidieran generosamente con las mías. Luego se levantaba, metía su mano entre los pliegues de su escasa ropa de cama y se quedaba un largo rato retorciéndose suavemente, sin apuro, jugando a meter y sacar sus piernas entre las sábanas, sabiéndose en todo momento observada y deseada. Luego estiraba los pies como una gatita mimosa y se contorneaba siempre con los ojos cerrados, induciéndome con esa coreografía maravillosa a que jamás cerrara los míos.
Ella gozaba -estoy completamente seguro de ello- imaginando mi respiración contra el vidrio, mi artillería de deseos apretada contra la pared, arrugando nerviosamente el interior de ambos bolsillos de mi jean a la par que la observaba, sofocado, más por lo incomprensible de aquella situación que por la excitación que me provocaban aquellos desbordes en penumbras. Siempre había una luz que parecía dirigida a resaltar sus partes más escondidas. La crudeza fastuosa de aquellas escenas, casi hechas a mi medida, los mejores rincones de aquella piel párvula de voluptuosidad tácita, desataban en mi imaginación impulsos de un voltaje tan enorme que hubiera podido fácilmente ceder a la tentación de zambullirme irrespetuosamente en aquel reality show de zancadillas bien tramadas y riendas sueltas. Se podía apreciar perfectamente desde la distancia el sentido y la función de cada cosa, ella se encargaba prolijamente de todo y también de aquello que no cabía en los jardines de la noche, de la escenografía inaudita de aquel cabaret de tercer piso, ella conocía los secretos de una buena representación... perfecta... hasta la luna con su tibia luz era colocada como con una lupa en su sitio. La revancha, si lo era, tenía un sabor de blanco perfecto, certero, matemático, irreversible.
Lo cierto es que me fui enredando cada vez más en los recodos ardientes de sus planes, como un peón confundido en su tablero, como un rehén de mi propia ilusión de jaque mate, encerrado en mis casi exactos renglones de la más prolija de mis vidas secretas. Sofía, la hija de Teresa, había crecido lo suficiente como para desbaratar mis argumentos más consistentes en materia de ética de buen vecino. Además su madre y yo habíamos cruzado imprudentemente la frontera cuando dejamos que un cuarto vaso de pisco en el cumpleaños veintisiete de Amedeo, convirtiera un simple azar en una aduana de vista gorda y dejara nuestra combinación de soledad y frustración matrimonial en los brazos ardientes de una aventura de puro contrabando. En ese entonces, Sofía, la menor de las tres hijas, tendría unos ocho años y aprendió a observarme con una expresión de desconfianza, tal vez por solidaridad con la inquietud reprimida de su padre ante lo que se iba pareciendo cada vez menos a una atracción pasajera y más a una injerencia pasional dolorosa. Así sucedió y se mantuvo durante varios años. A mi me conocían en la familia como el del tercero C. Teresa me fue habituando, poco a poco, a un mejor y polifónico gracias vecino, siempre con su aturdidora combustión de alegría y cúspide de lágrimas, después de cada orgasmo.
Sofía nos descubrió in fraganti en esa misma ventana un lluvioso viernes seis de diciembre a las diez y cuarto de la noche.
Ella fue quien me descubrió, también in fraganti, en el torbellino de mis otras vidas, amparada en la nebulosa grisácea de un bar de suburbio con una identidad prestada con apariencia de mayoría de edad, de la cual recuerdo mucho mejor su cuerpo de adiós colegiala que su imagen soltadiza de striptease prematuro. Nuestras miradas rimaron demasiado rápido, fue como un desliz profano, casi como un tropezón de novatos, una sincronía insolente en el pentagrama imprevisible de aquel crepúsculo inventado por una casualidad que nos presentó en un rincón de un libreto clandestino. Nuestra respuesta fue un silencio de mutuo acuerdo, luego encontré la esquela con su invitación manuscrita y libertina, aunque irreprensible, justificada y fuera de todo molde, como una pirueta grabada en la espalda de mi voluntad. Así ratifiqué que no se trataba de un sueño y al mismo tiempo me alivió el hecho de que, a esa altura, Teresa ya era historia, su padre había sucumbido al filo de un primer infarto y Sofía había crecido lo suficiente como para justificar mi repentino impulso de cacería en la entrepierna de aquella discípula de Marilyn.
Es una buena chica —me dijo el portero del edificio donde ella vivía— trabaja como cirujana en una clínica cerca del Jardin du Luxembourg. Dejé este dato como una pista que, por sí solo, serviría para cerrar la historia.
Nuestras intimidades continuaron cruzándose, desenfundadas de su coherencia más elemental, siempre coqueteándonos con la prudencia quebradiza de dos vidas que comparten un mismo secreto, aleatoriamente, atrapados en los corredores transversales de lo que parecía ser un rosario de sueños consecutivos, como escenas de una película donde cada párrafo de los protagonistas respondiera a la obligación de un parlamento en arial doce, doble espacio, cinco carillas y todo por triplicado. Sofía continuaba dejando caer los brazos desnudos al costado de la cama, acariciando su alfombra roja, desabotonando un deseo casi imposible en el frac improvisado de la noche, escuchando a Schumann o las cuatro estaciones de Vivaldi. Yo intentaba, en vano, escabullirme de aquella hoguera de impaciencia y, en el límite de una fugaz cordura, cruzaba una y otra vez la calle intentando desenredar aquella telaraña silenciosa, con tacto de piel, deseos de amor y urgencias elásticas, que me mantenía atrapado en aquel tobogán de incertidumbre y encantamiento, en que cualquiera de mis gestos era un reflejo secular en el espejo de mis perdones más justificados que se evaporaban al menor contacto con la noción de límite y significación. Aquella experiencia, con sus colores y sus intensidades de luces y sombras, sólo era una ventana, una sentencia de pixeles nocturnos que definía la ilusión virtual de un espectador solitario, bien ubicado, que desde su propia pantalla podía acariciar la trama de una sola página, la cual lo mantendría comunicado con sus propias musas, hasta que volviera a dormirse sin descubrir aquellos otros lados donde el primer premio era más que un hueco en la pared.
Sofía me mantuvo entre el cautiverio y el rescate, dejándome observar sus encantos desde el otro lado de mi propia rutina, en la orilla de la crueldad, resguardada por su doble juego de cenicienta y vampiresa, consolándome en todas mis otras vidas, las que aprendió a conocer con una paciencia imperturbable, poco a poco, dejando que yo me acercara a ella sólo fuera de mis códigos de caza, siempre reordenando los hilos, con sus expertos ojos, fijos en los míos, como una estratega irreductible, precisa, milimétrica.
Ella quiso llegar así hasta mí, permitiéndose el tiempo necesario para madurar hasta la forma de apretar el timbre, o el modo de girar el picaporte de mi resistencia para burlarse quizá también de las mejores sorpresas que yo hubiera ensayado en mi afán de atraparla. Y lo hizo finalmente mientras yo escuchaba Garota de Ipanema en versión de Tom Jobim & Frank Sinatra y revisaba en la pantalla de mi notebook el cuento que había terminado ese mismo viernes. Decidió cruzar la rue D´Assas, descalza, desafiando toda la oscuridad que nos separaba, adivinando desde el rol de personaje principal que yo le había asignado, desde el eje de aquella tensión que ella había tejido con las fibras de mi inocente versión de escritor, inquieta, audaz, insinuante, ignorando toda ética, el vecindario, el jurado... convencida de que es un pecado narrar una historia pensando en que será accesible a todos, siempre algunos estarán condenados a no entenderla. Recién al sonar el timbre supe que había logrado convencerla, sin embargo, de que se acercara para salvarme de aquel final cronometrado que aprendí a concluir en un aburrido colorin colorado... este cuento... se... ahh.
Sofía fue la última en visitarme antes de que la policía descubriera lo que caratularon de inmediato como un crimen pasional, por las sábanas revueltas y las evidencias esparcidas sobre la alfombra roja. Lo único que faltaba era la notebook "con la cual trabajada la víctima, un escritor solitario, sin familia" escribió el oficial y cerró el expediente con la fecha, viernes seis. |
Es comunicador y operador cultural. Es escritor, artista plástico, fotógrafo, diseñador gráfico y educador.
También es especialista en marketing y desarrollo de proyectos.
Habla español, inglés, francés y portugués.
Formación:
Realiza sus estudios en Buenos Aires, Argentina y en los Estados Unidos.
Participa en un taller de literatura dictado por Josefina Plá, en la Universidad Católica de Asunción, Paraguay.
Estudia lectura veloz, método de estudio y memoria, en ILVEM, Buenos Aires, Argentina.
En 1994 participa en el Seminario de “Fuentes de Financiamiento para Programas y Proyectos de las ONG´s”, en la Escuela de Administración de Negocios de Educación Superior de Asunción, Paraguay.
Participa en diversos seminarios:
- Seminario de Dirección, en Dale Carnegie de Asunción, Paraguay, en 1991;
- Seminario de Liderazgo para el Exito Personal e Institucional, a cargo del Dr. Stephen Covey, desarrollado en el Salón Galas del Hotel Yacht y Golf Club Paraguayo, el 13 de junio de 2002.
Realiza cinco entrenamientos de liderazgo y excelencia en la organización Quantum: Descubrimiento, Acción, Metas, Dinero y Reprogramación.
Actividad docente:
Desde 1992 se desempeña como docente en el Instituto Superior de Bellas Artes.
Fué profesor de Fotografía en las carreras de Periodismo y Diseño Gráfico de la Universidad Americana y en la Universidad del Cono Sur de las Américas.
En la Universidad Americana fué profesor de Redacción Publicitaria en la Carrera de Ingeniería en Marketing.
Pone en marcha el workshop Con las herramientas del paraíso en el marco de un Seminario de aproximación a la Cultura Paraguaya en la Academia Diplomática (ADEP) del Ministerio de Relaciones Exteriores del Paraguay, el 22 de mayo de 2006, concluyendo el 23 de mayo en el Teatro Tom Jobin de la Embajada del Brasil, con una introducción a la obra del maestro Livio Abramo a cargo del Prof. Miguel Angel Fernández.
Actividad profesional:
Fué creador y Director de la revista La Mueca, órgano oficial del Festival Latino en Nueva York, organización del New York Shakespeare Festival.
Colaboró con periódicos de New York, la Prensa, la Gazeta Mercantil y otros.
Tuvo a su cargo la dirección de la Revista Tecnológica y la Revista Temas de Ciencias Sociales, Filosofía y Psicología, en Buenos Aires, Argentina.
Creó la revista Jazmín del Despacho de la Primera Dama de la Nación, en la cual se desempeñó como director desde noviembre de 1993 hasta noviembre de 1995.
Fué fundador y director de la Galería 530 y director del Taller de Movimiento Creativo, instiituciones que sirvieron de guía de numerosas empresas afines.
Creó con Vanessa Tio-Groset la revista Día y Noche, Arte y Cultura sin Fronteras.
Dirigió Nai Publicidad desde 1985 hasta 1993.
Creó junto a otros colegas el Proyecto 5,6/Unicef Paraguay, con el propósito de difundir los Derechos del Niño.
Creó y dirigió la revista Gente del Sol.
Fué director del Centro Cultural A la Vuelta del Sol.
Colaboró con el semanario Tiempos del Mundo en el área de redacción y como asesor de marketing.
Creó la revista Tu Palabra, de liderazgo y desarrollo personal.
Se desempeñó como Consultor en aspectos de Difusión e Imagen Institucional de Naciones Unidas y como coordinador del “Encuentro Abierto de Artistas y Artesanos por un Mundo Mejor”, con el respaldo de dicha organización.
Desde 1993 ocupa el cargo de director de Etcétera, Diseño y Comunicación Visual.
En agosto de 2004 crea con Vanessa Tio-Groset el proyecto Con las herramientas del paraíso. |