En medio del tráfago urbano y la supervivencia cotidiana solemos pasar por alto lo obvio, y dedicamos afanes —dignos de mejores causas— a disputar a otros lo que creemos merecer de la vida, o de la sociedad que alberga nuestros huesos. Una sociedad aldeana que ignora supinamente nuestros esfuerzos de superación consciente y nos mira con indiferencia, ocupada en sus propios problemas, azuzada, además, por las poco nobles urgencias “vendedoras” de los exégetas de la mediocridad asumida.
Vivimos rodeados de máquinas programadas, que creen vivir y ser dueñas de sí mismas. Máquinas de cuyos ajustes periódicos se encarga otra supermáquina llamada “Reforma Educativa”, a su vez manejada con mando a distancia desde lejanos despachos climatizados situados en el Orbis Primus, a bastante distancia de las miserias y carencias de nuestra sub-américa tercermundista.
Todos creemos ser dueños de nuestra Voluntad, sin percatarnos de la realidad. Mientras no seamos conscientes de esa realidad, poco podremos hacer; poco podremos sembrar y, dado que hoy es el resultado de nuestro ayer, el mañana deberá ser igual que el hoy. Si no despertamos y si no desprogramamos nuestras mentes de la dependencia de la supermáquina, nuestra voluntad estará uncida al carro de la dependencia. Seguiremos siendo involuntarios (y pasivos) pasajeros de una nave con piloto automático y guiada por una brújula con excesivo norte. Nuestra identidad estará cautiva de un poder oculto que se empeña en estandarizarnos al rasero más bajo e inofensivo, para mantener el dominio de unas elites intelectuales al servicio del Mercado.
Si la organización de la llamada “comunidad Cultural” sólo responde a intereses mediáticos —como el reparto de la torta del mercado del arte—, seguiremos siendo las máquinas de ajenos albedríos. Nuestros ojos sólo van a poder contemplar a través de cautivos cristales, llámense “tendencias” o “modas”. Nuestras manos sólo se limitarán a “crear” con patrones prefijados por el dios Mercado Internacional y nuestras voluntades seguirán carentes de timón y velamen en la galerna de procelosos mares desconocidos.
Es menester abrir los ojos y despertar a este nuevo tiempo de oportunidades. Si no recuperamos nuestro albedrío creador, si no compartimos nuestros conocimientos, si no desprogramamos a las máquinas que nos tienen rodeados, sólo estaremos condenados a seguir siendo profetas sin tierra en nuestra propia patria. Y no olvidemos nunca, que nuestra patria es el Universo.
Si hoy no sembramos semillas de liberación mental en nuestros niños y jóvenes con crisis de identidad, mañana sólo hemos de cosechar indiferencia. Y, de seguro, nos la mereceríamos. |