Atrás de estas artesanías hay toda una historia. Pues se dice incluso que estos sombreros tienen antecedentes coloniales. Según el libro ‘La Cultura Popular en el Ecuador, del Centro Interamericano de Artesanías y Artes Populares (Cidap)’, este tipo de trabajo se origina en el siglo siglo XVII, cuando se extingue la industria del algodón, materia prima utilizada antes para la elaboración de prendas de vestir, y los europeos demandan, en sustitución del sombrero de paño, una indumentaria más liviana, acorde con el clima.
“Ya en el siglo XVIII, los indígenas de Jipijapa y Montecristi eran conocidos por su habilidad en la confección de artesanías hechas de fibras naturales, tales como hamacas, albardas y sombreros de paja toquilla. Antes que una industria de artesanos especializados, estos últimos eran tejidos en las casas de los campesinos, por hombres, mujeres y niños, para consumo local. Con el advenimiento de la Independencia, la producción de sombreros se extendió a algunos lugares de Manabí, entre ellos los cantones Bolívar, Santa Ana, Manta, Paján y Portoviejo, dedicados exclusivamente a esta actividad”.
En estos días aún persiste la fabricación de esta artesanía. Pero hacerla es todo un arte, pues existen sombreros que pueden elaborarse en cuatro meses. Esos son unos de los más costosos y pueden llegar a 800 dólares. Su precio radica en que son más laboriosos porque son fabricados de fibras más finas.
Asimismo, existen sombreros que a pesar de ser del mismo material pueden costar solamente 10 dólares, son los conocidos como estándar y pueden ser fabricados en un día.
Los artesanos procuran realizar siempre su trabajo cuando el ambiente está fresco, para lograr una mayor flexibilidad de la fibra ya que de lo contrario es necesario remojar continuamente el material y esto ocasiona que la calidad disminuya.
La fabricación de un sombrero no es una tarea sencilla. Primero hay que cortar el material y es necesario hacerlo en el punto exacto, cuando la fibra no esté demasiado tierna ni demasiado madura. Después hay que tratarla, y dentro de ese proceso es necesario poner el material a cocinar en agua a fuego lento por alrededor de 20 minutos, luego hay que secarlo y blanquearlo. Después empieza el tejido, que puede ser de diferentes tipos.
La empresa Homero Ortega es una de las más antiguas en procesar y exportar sombreros de esta calidad. Su presidenta ejecutiva, Alicia Ortega, explica que un grupo de tejedoras fabrica estos accesorios en diferentes calidades según las necesidades de la empresa, que funciona en Cuenca.
El plus de esta compañía es que ha creado nuevos tejidos. Así mismo ha innovado diseños que llegan a 28 países en el mundo. El 97% de la producción de esta firma sale fuera del país.
Aquí en el Ecuador también existen dos locales que impulsan la cultura del uso del sombrero. Allí no se comercializan los típicos diseños, sino aquellos con finos detalles y acabados, de diversos colores y formas.
En todo caso, todos vienen de la misma materia prima, llamada Carludovica palmata, que se cultiva principalmente en las partes montañosas de la Costa y del Oriente ecuatorianos.
El material no es otra cosa que “una especie de palma cuyas hojas en forma de abanico salen desde el suelo, cada planta tiene hojas anchas que alcanzan de 2 a 3 metros de largo. La parte exterior de las hojas es de color verde; el centro de las mismas es de color blanco marfil o blanco perla y es la parte de la que se obtiene la paja para la fabricación de los sombreros”, según información del portal Edufuturo.
Este tipo de accesorio, sobre todo los de alta calidad, son muy apetecidos en Europa, en donde lo utilizan por su versatilidad y su finura, especialmente en época de verano. Pero no por eso son menos cotizados en América del Sur, aunque en esta región prefieren sombreros de menor precio.
Sin embargo, antiguamente, según información de la empresa Homero Ortega, no se realizaban exportaciones de sombreros, simplemente se vendían en el país a intermediarios que los llevaban a Panamá, desde donde se comercializaban para todo el mundo como ‘sombreros de Panamá’ o ‘Panamá hats’, de allí la marca implantada.
Sin embargo, una publicación de la revista Ecuador Exporta señala que una fuerte amenaza para el sector y a su vez una oportunidad para los tenedores de estas piezas de arte es cada vez la más escasa mano de obra interesada en continuar la tradición de tejedores, que ha sorprendido tanto en el Ecuador como en todo el mundo.